lunes, 11 de octubre de 2010

La construcción del espejo (I)

Por Johanna L.  



¿Podríamos hablar de una arquitectura propia del emigrante, del transterrado, del extranjero? ¿Podemos identificar a partir del espacio, ese inmenso esfuerzo que implica la construcción y reconstrucción mentales de un origen, cuya verosimilitud se va desvaneciendo día a día entre lo que se imagina que es o fue y  lo que debería de ser? Más allá de la obra edificada y del personaje, ¿tenemos huellas de su existencia? Aquello que Juan Carlos Onetti definió en  La vida breve como  “una maniática  tarea de construir eternidades con elementos hechos de fugacidad, tránsito y olvido”.
No - o al menos no del todo -si nos limitamos a entender la arquitectura como un problema de formas, de taxonomías, de fachadas o de textos en piedra de proféticos exégetas. Pensar en términos estilísticos sobre las arquitecturas mexicanas producto de la emigración –sean éstas el aporte de un imaginario al nuevo contexto cultural o su adaptación a éste –es someterles a un reduccionismo estético insostenible. Poco se aporta al estudio de estos complejos imaginarios culturales, el taxonomizarles como arquitecturas extranjeras, híbridas o incluirles en el cajón de sastre de una visión que sólo reconoce “neos” e “ismos” para explicar la porosa frontera que en los fenómenos migratorios define al nosotros y al otro.






© Johanna Lozoya
Tampoco es un asunto de valores compositivos y verdades canónicas. Suponer que un espacio simétrico, por ejemplo, es más democrático que uno asimétrico o que la monumentalidad es fascista y el minimalismo es “moderno” es un absurdo.  No hay tal, la arquitectura en cuanto a materia es en si misma neutra. Más allá de la materia, de la edificación misma que perfila cualquier horizonte espacial, la arquitectura es principalmente una mirada y una apuesta intelectual. Es decir, una invención cultural que carga de sentido a un selección de formas sin nombre ni apellido a partir de la cual se construye una narrativa. Las arquitecturas mexicanas producto de la migración no son un catálogo de nuevas y extrañas edificaciones, sino la construcción de una mirada frente a un espejo: la del emigrante que se reconfigura.
Si esto es así, ¿podemos entonces reconocer en el espacio la representación de esta reconfiguración? Pienso que sí, en términos primarios. Es usual que la comunidad o el individuo emigrantes se reconfiguren bajo la creencia de poseer imaginarios identitarios esenciales que se pierden en la profundidad del tiempo. La fe en las tradiciones y costumbres nacionales o regionales, religiosas y familiares se resguarda en la reconfiguración y puede expresarse espacialmente de múltiples y reconocibles maneras. La taxonomización estilística y tipológica, en buena medida, echa mano de esta primaria reproducción de imaginarios identitarios. 

Ahora bien, bajo mi punto de vista hay un fenómeno de invención identitaria a partir del espacio del emigrante mucho más interesante y compleja: la reconfiguración de este imaginario como la construcción de una red. Una, en la que el imaginario del emigrante y del mundo cultural que le acoge, se reinventan mutuamente.  
Partamos de la siguiente idea: la reconfiguración de la mirada del emigrante no es un fenómeno privado detonado a intramuros de un espacio. La dinámica implica al otro y a su mundo cultural. Depende de la porosidad de las fronteras entre ambos mundos la capacidad de adaptación de unos y la capacidad de incorporación de otros. Pero éste es un tránsito de imaginarios de ida y vuelta; llamémosle así. Un tránsito en el que la arquitectura no es sólo representación de un imaginario, sino una detonadora de imaginarios. 
 En principio, esta idea puede no ser especialmente novedosa. Ya en los años setenta el arquitecto norteamericano Bernard Tschumi y buena parte de su generación, pensó arquitectura como "un detonador de acontecimientos": un actor político capaz de alterar a la sociedad y a sus estructuras. Una conceptualización ontológica del espacio que a principios del siglo XX también se puede encontrar en el pensamiento de Paul Scheerbart. Éste artista del Expresionismo alemán reflexionó sobre el impacto social de las nuevas construcciones de cristal en las ciudades europeas y concluyó que la influencia del entorno espacial en el desarrollo de la cultura era tan fundamental, que para elevar a ésta última a un nivel superior, la arquitectura debía obligatoriamente transformarse. “Nuestra cultura es en gran medida el producto de nuestra arquitectura" escribe en Glasarchitekture (1914). Se puede considerar, por ejemplo, que como un actor-detonador político, la arquitectura de la emigración no sólo representa cultura sino que también la crea: provee de múltiples imaginarios culturales, inventa ciudad, constituye redes e imagina comunidad. 

Ahora bien, esta arquitectura, como se ha señalado, es producto de un imaginario identitario en un particular proceso de transformación. Un proceso en el cual participan  los imaginarios del emigrante y aquellos del lugar y cultura en los que se encuentra emplazado la nueva comunidad o individuo. La construcción del espejo a partir de la arquitectura es, entonces, el tránsito de estos espacios/actor que alteran y crean cultura en ambos sentidos. Si concedemos que las fronteras entre lo extranjero y lo propio  no son esencias identitarias fijas sino dinámicas de mutua construcción de cultura, podríamos preguntarnos de qué depende la mayor o menor porosidad de estas fronteras. Esto es decir, en qué depende la mayor o menor reconfiguración identitaria de ambos mundos.
Aventuro una hipótesis: depende de las redes que participan en la existencia de esos imaginarios reconfigurados. Es decir, en todos aquellos elementos a través de los cuáles el imaginario identitario a partir de la arquitectura es un proceso.

(continúa en siguiente entrada )


fragmento de Johanna Lozoya, "La construcción del espejo. Reflexiones sobre inmigración y arquitectura", en Los mexicanos que nos dio el mundo, 2010. 





lunes, 4 de octubre de 2010

La voluntad de ser modernos



Ciudad de México © Fondo Casasola
Las gentes de Danzig, opinaba el crítico de arte Hermann Bahr en 1914, era una casta bien preparada de la que se podía exigir sin temor lo que para espíritus inciertos fuese tal vez peligroso. Por ello no dudaba nunca en darles una conferencia sobre expresionismo, y teniendo un estómago magnífico, como aseguraba, también podían digerir el futurismo. Digerir la modernidad, o al menos aquello que las vanguardias artísticas de los años veinte denominaron con este concepto, fue un proceso condicionado por la creación de un nuevo lenguaje estético y de “un nuevo pueblo”. Acortar las distancias entre el pueblo y los ilustrados es una condición primigenia; a partir de una reestructuración en los sistemas comunicativos y representativos del arte, la masa podría reconocer como propio el mundo mental de la clase intelectual. O, al menos, eso era el esquema deseado por las vanguardias. Al contrario, a la gente, dice Bahr, se le ha educado para considerar únicamente obra de arte lo que le recuerda un ejemplo en la escuela, cuando que el arte moderno presenta una serie de características que dificultan su reconocimiento popular: tiene la voluntad de ser “siempre nuevo” y utiliza un lenguaje abstracto. La obra de arte moderna en Danzig, dice el crítico, es para el pueblo, “cualquier cosa que no haya existido antes y esto lo nota ante su propio espanto”.



Por miedo a quedar en ridículo ha superado esta educación, y desde entonces sólo considera obra de arte lo que no le recuerda a nada. Por ello a la obra que hoy defiende apasionadamente deja de serle fiel mañana precisamente porque sólo le apasiona mientras sigue siendo lo más moderno, y siempre teme que entre tanto algo más moderno aún haya desplazado ya a eso más moderno [...].Jamás ha resultado tan difícil, tan fatigoso, ser un filisteo de la cultura.


...

En la diálectica regionalismo y globalización, reaparece el tema del caos en la actual historiografía arquitectónica mexicana. En la denominada “orientación mundial”, el regionalismo se fortalece en las mesas de debates frente al desarrollo de arquitecturas globales y no lugares que definen hoy por hoy nuevas coordenadas antropológicas del espacio. Para el gremio arquitectónico mexicano y sus instituciones, la proliferación de la arquitectura global como imagen identitaria le resulta desde una imagen inquietante hasta una peligrosa amenaza del imperialismo; la realidad es que hay una colectividad urbana o, si se quiere, una parte importante de la colectividad urbana que se reconoce en esa imagen. 

El incremento en Latinoamérica de los estudios histórico-regionales sobre aquitectura en comparación con el material publicado en los ochenta sobre otras áreas de la disciplina son indicativos. El Centro de Documentación en Arquitectura Latinoamericana registra en 1996, 1 595 títulos (libros) sobre arquitectura latinoamericana publicados entre 1980 y 1993, mientras que el ISBN español en el mismo periodo registró 814 títulos sobre arquitectura en general, 27 sobre arquitectura española (“regional”) y no llegan a una decena los títulos sobre lo que se podría pensar como “arquitectura europea”. Del total de publicaciones latinoamericanas 51 por ciento corresponde a temáticas históricas regionales y nacionales. Estos estudios corresponden prácticamente por partes iguales al periodo del siglo XX y a un “paquete cronológico” que va de los siglos XVI al XIX. Una situación inversa a la de los años setenta, en los que predominó el imaginario internacional en la historiografía latinoamericana cuando en el ámbito europeo el interés histórico se centró en las temáticas nacionales, culturales y regionales. La paridad cuantitativa actual entre los temas regionales o concentrados en un particularismo nacionalista y las temáticas sobre arquitectura “global” o fenómenos de la globalización espacial es notoria, sobre todo porque más allá de representar el agotamiento de una historiografía concentradada durante todo el siglo XX en la saga del movimiento moderno, diagnostica fundamentalmente un proceso de reconfiguración de imaginarios históricos y de escritura de nuevas y múltiples sagas regionalistas. De hecho, es posible que el foco más importante en estos momentos de resistencia a los avances a la ambigua definición de globalización cultural sea Latinoamérica. (...)
Nueva York © Johanna Lozoya

 La confrontación entre un imaginario de élite (gremio) que asume la tarea intelectual y social de inventar incansablemente “modernidad” y la ignorancia de “el pueblo” es un tema recurrente. Aseverar que el gremio aún tiene una voz privilegiada en la construcción de nuevos imaginarios espaciales como otrora, cuando daba imagen al Estado, es cuestionable. Actualmente, el Estado-nación se ha visto desplazado de este papel por el mercado y sus instituciones y es sustancial indagar sobre el papel de la colectividad como hacedora de imaginarios. Sin embargo, frente a la discusión sobre el regionalismo se están perfilando las mismas estrategias identitarias. Si en la identidad nacional a partir de los años treinta se unificó en México una heterogeneidad estructural a través de una fuerte presencia del Estado en la sociedad, debe interrogarse sobre la naturaleza de una nueva figura de poder y pensar al menos en la construcción de nuevas identidades a partir de la colectividad, en las dinámicas de representación de la sociedad civil y cívica actual, en formas de hipertradicionalismo y eclecticismo como una representación popular de modernidad. Los “expertos” entrenados para asumir la función censora, canonizadora, sistematizadora y pedagógica, son cada vez más difíciles de definir. El proceso actual de tipificación de imágenes controlado por instituciones, contexto social y grupos de poder muestra un esquema más complejo donde la viabilidad de las figuras identitarias estructurales, como la historia, son cuestionadas, así como la formación de imaginarios identitarios y acervos sociales de conocimiento a partir de la misma colectividad. 

En estos momentos, difícilmente se puede visualizar el fenómeno como lo hiciera la versión marxista del internacionalismo, es decir, la afirmación del proletariado como clase internacional y la burguesía como clase nacional, sobre todo cuando ciertas burguesías han terminado por adoptar el internacionalismo como imagen nacional a pesar de que en sociedades dependendientes aquella relación se ha alterado hasta identificar al proletariado y a las clases populares como las únicas clases nacionales portadoras de un proyecto de in dependencia nacional. En el esquema marxista el pensar lo simbólico dentro de las fronteras de clase es poco elástico, insuficiente, donde difícilmente se pueden entender los efectos del orden simbólico sobre las relaciones sociales de otra forma que no sea como movimiento de retorno sobre ellas. Este esquema, que priva en la historia e imaginarios del gremio arquitectónico, se tambalea; es demasiado inquietante para un gremio que ha cultivado la hagiografía arquitectónica y las bellas artes preguntarse sobre su rectoría en la buena educación de las almas. ¿Tendrá alguna?

Johanna Lozoya, El mestizaje como argumento arquitectónico, México, CONACULTA, 2010. 

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Miradas bogotanas

Bogotá © Johanna Lozoya
"¿Dónde están los nuevos bogotanos? Entre una ciudad que todavía tiene rezagos coloniales y otra que se abre al futuro, en medio de penurias, elitismos y optimismo, crece un habitante hecho a puro pulso. Sí, estamos ante una urbe que finalmente ha resuelto aceptar a los provincianos de todas las etnias nacionales que la visitan, muchos de los cuales se quedan a hacer su Bogotá, para así poder afirmar que ella se ha colombianizado. Bogotá también es provinciana, si bien se va inclinando hacia el mundo moderno, se conecta, se informa, se publicita, se cruza en muchas redes, participa de la nuevas seducciones colectivas, de espectáculos, modas y nuevos espacios públicos. Muchas de sus aspiraciones tienen una meta fuera de sus fronteras. (...)
Cuando una ciudad mira a otra con la cual se compara, de modo inevitable se mira a sí misma. Es un gesto muy contemporáneo que las ciudades traten de entenderse juzgando a otras: el pensamiento actual crece desde el otro. Pocos años atrás se creía en una identidad casi fija y que cada urbe, como las personas, tenía su sello permanente. Ahora sabemos que la imagen de una ciudad cambia con la velocidad con que rotan las noticias, los ataques terroristas, los eventos, las modas, la economía. Pero algo permanece, Bogotá tiene algo de lo mismo desde cuando un hecho significativo marcó su historia. Nuevos sucesos la seguirán señalando, pero algo de lo viejo permanecerá. (...)

"¿Cuáles ciudades encuentran afines a Bogotá?": Caracas, México, D.F., Lima y Quito. (...) [El D.F.] Esta ciudad gigante, superpoblada, contaminada, productora de rancheras, novelas, folclor, tacos, tequila y películas, produce admiración entre los bogotanos, quienes consideran que todos esos productos le dan identidad cultural, algo que merece ser preciado. García Canclini decía que en México las relaciones con los bienes culturales sirven para diferencias, por ejemplo, a quienes gustan de la poesía de Octavio Paz frente a los que prefieren las películas de la india María. Pero hay otros bienes - las canciones de Agustín Lara, las tortillas y el mole, los murales de Diego Rivera - con los que se vinculan todas las clases, aunque la apropiación sea diversa. "Por esto el consumo puede ser también escenario de integración y comunicación (García Canclini). Son éstas fortalezas de su cultura popular que aclaman los bogotanos." (...)
Las proyecciones que los mexicanos hacen de Bogotá son desalentadoras: van de no saber o tener referencia (47%) a identificarla como ciudad de drogas y narcos (cerca de 30%). Luego vienen otros atributos como cumbia y café. Sin duda, el imaginario de las drogas es un modo de comunicarse entre los latinoamericanos, todos dispuestos a mostrar que están más limpios que otros. (...)

Palacio de Gobierno. Bogotá ©Johanna Lozoya
Ubicamos en este aparte [ ciudades anheladas] cuatro ciudades con marcaciones variables de reconocimiento, en las cuales los bogotanos quisieran verse reflejados, sea por la belleza (Buenos Aires), el orden (Santiago), el disfrute (Sao Paulo) o el cosmopolitanismo (Barcelona). Estas emociones son muy características de la Bogotá de los últimos años, cuando ha empezado a proyectarse con grandes espacios públicos que reconocen en Buenos Aires; cuando acepta que su mayor debilidad es el caos, lo que le hace envidiar a Santiago; cuando quisiera enriquecer su capacidad de disfrute, paradigma de lo cual es Sao Paulo; cuando desea tender redes que la vinculen con el mundo, como hace Barcelona. (...)

En varias ciudades latinoamericanas se nota un desplazamiento del interés de Madrid hacia Barcelona.
Las fantasías han adoptado este nuevo refugio van desde las paellas, castañuelas y panderetas hasta el reconocimiento de la Madre Patria en tierra catalana, residencia de los reyes. Barcelona no sólo es vista como ciudad distinta a las latinoamericanas, sino como la que evoca a un país de otro continente. La gente la reconoce con facilidad; sólo 5% de los encuestados dice no tener referentes de ella. Para los estratos altos de Bogotá, Barcelona es cultura y Gaudí; para los medios es viajes, comida y vino en abundancia; para los estratos bajos es música y Joan Manuel Serrat. (...)

En sentido contrario, la imagen es desconsoladora. Los barceloneses, en alta proporción (35.71%), no considera ningún referente suyo en América Latina, y sus escasos reconocimientos se limitan a Buenos Aires, La Habana, México D.F. Santiago y en escaso grado, Bogotá. La visión que Barcelona proyecta en Bogotá es turística y placentera; la que Bogotá deja en Barcelona se reduce a violencia y droga. (...)

Los tres términos más reiterados en las evocaciones que los otros hacen de Bogotá son narcotráfico: un gramo de coca que en el sur de Colombia vale un dólar, en Bogotá cinco y en Barcelona cien, carece de toda normalidad, según la lógica de todo proceso productivo. (...) La droga lleva en sí misma la marca de loa anormal absoluto, de la locura. (...) identificar a una ciudad por lo que se dice de su país, que enloquece a los demás, es un ejercicio apenas lógico.

Bogotá, narcotizada por el negocio de la droga y la guerrilla, aparece como el lado oscuro de todas las ciudades del continente. Si una ciudad puede ser imaginada así, las demás pueden reservarse cierta paz para sí mismas."

* fragmentos de Armando Silva, Bogotá imaginada, Bogotá, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2003. ISBN 958-704-113-5
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Bogotá © Johanna Lozoya
"Aquí no, Tina mía, espera a que lleguemos a casa, pero no se lo dijo porque sabe bien que de la exaltación a la melancolía a Agustina le basta con dar un paso, y luego subieron hasta las Torres de Salmona atravesando las sombras apenas dispersas por los focos amarillos del Parque de la Independencia, enfrente tenían al cerro de Monserrate y como su mole era invisible en la oscuridad, la iglesia iluminada que se asienta en su cumbre flotaba en la noche como un ovni, en esa iglesia se mantiene guarecido un Cristo barroco que ha caído bajo el peso de la cruz, el más aporreado, quebrantado y doliente de los dioses, cubierto su cuerpo de moretones y de lamparones y de estragos de sangre, pobre Cristo maltratado hasta las lágrimas, pensaba Aguilar, cómo se nota que te duele todo aquello y cuánto se parece a ti esta ciudad tuya que desde abajo te venera y que a veces te echa en cara que nos marcaste con tu sino, Señor de mil caídas, y que nos aplastó tu cruz de manera irremediable. En la punta de Guadalupe, el cerro vecino a Monserrate, se erige una Virgen tamaño King Kong que intenta abarcarnos con su abrazo y Agustina, que observaba cómo la enorme estatua parecía ascender con los brazos extendidos e irradiando luz verde, me dijo Mira Aguilar, hoy la Virgen de Guadalupe parece una avioneta. Mientras atravesábamos el parque yo iba pendiente de acechanzas y ella iba pisando las caperucitas blancas que caen de los eucaliptos para que soltaran el aroma, hasta que el sueño, que la fue amodorrando, le aniñó las facciones, le aletargó los reflejos, la colgó de mi brazo y la llevó a apoyar la cabeza en mi hombro. Monserrate se iba acercando y Aguilar pensaba, a quién tutelarás tú, viejo cerro tutelar, si acá abajo, que se sepa, cada quien anda librados a su suerte y cuidando su propio pellejo."

Laura Restrepo, Delirio, México, Alfaguara, 2004. ISBN 978-968-19-1472-1

lunes, 27 de septiembre de 2010

Fronteras identitarias: una invención historiográfica

"¿Podemos hablar de un carácter latinoamericano? Quien haya recorrido el territorio siendo modestamente sensible a las diferencias palpables de ver el mundo, desarrollo económico, autodefiniciones nacionales y parámetros políticos de éste, podrá conceder que Latinoamérica, más que una gran comunidad real delimitada por el río Bravo y la Patagonia, es una idea. Una idea formulada por múltiples, diversas, heterogéneas y no pocas veces contrarias comunidades imaginadas. Considerar al subcontinente como una férrea unidad histórico-cultural resulta un reduccionismo ideológico difícil de sostener. El mapa de la imaginada alma latinoamericana es muy complejo y no tiene por límites los elementales antagonismos que el escultor argentino Nicolás Isidro Bardas, por ejemplo, resaltaría en 1921 en la siguiente pintura del artista mexicano Adolfo Best Maugard.
Algunas de las figuras de sus cuadros son típicas y regionales. Así nos pinta a la hermosa india tehuana, esbelta, voluptuosa, caprichosa y mística como la selva tropical, o a las niñas cursis latinoamericanas con sus ojos melancólicos como el valle de México, llevando impreso, entre tantas virtudes, el salvajismo indígena y la hipocresía española. Pobres criaturas, hijas de prejuicios y del dolor que pueblan a Hispanoamérica. 


Ecuador © Johanna Lozoya
América Latina es una red de fronteras mucho más íntimas, cotidianas e inmediatas que definen la hermandad o la otredad entre las propias naciones que la conforman. Las fronteras de este mundo, a mi parecer, no las caracteriza esa suerte de coraza cultural común que ha promovido el latinoamericanismo ideológico contra el imperialismo yankee, la globalización económico-cultural contemporánea o la amenaza china. Cierto es que por un brevísimo espacio de tiempo podemos presenciar la influencia de este imaginario político en la memoria colectiva, cuando en las canchas deportivas se lanza, como si de un sortilegio se tratase, un grito al unísono. Pero esto ocurre más en el ámbito simbólico que en la política o en la economía, en las cuales lo latinoamericano es un cúmulo de mudas desavenencias íntimas, de afinidades sutiles y de desconfianza mutua. Quizás el artificio de una coraza común hacia el exterior no ha sido especialmente eficaz como herramienta identitaria política al interior latinoamericano. Cabría cuestionarse esta posibilidad frente a la actual dificultad para lograr acuerdos en la región para establecer una comunidad económica latinoamericana.
Ahora bien, si consideramos el alma latinoamericana como una invención, sí que podremos encontrar similitudes entre los imaginarios de algunas fronteras íntimas y los de la gran coraza. Estas fronteras identitarias son paralelas, trabajan simultáneamente y perfilan a través de sus imaginarios el rostro cultural de lejanas y cercanas otredades. Esto es posible por la interacción, creo yo, de sus propias construcciones historiográficas.
...
Las identidades son invenciones culturales  útiles para trazar fronteras, autodefinirse y lograr una cohesión social suficientemente fuerte que permita tender puentes o construir murallas hacia la otredad. Pero las identidades no son formas culturales fijas y su implementación es tan mutable y dinámica como la existencia misma. Son invenciones absolutamente elásticas si se les permite esta posibilidad. ¿Cómo hacerlo? Se debe deconstruir y analizar críticamente su "estructura ósea": la historia. Las identidades, cualesquiera, se sustentan en construcciones narrativas."

Johanna Lozoya, Ciudades sitiadas. Cien años a través de una metáfora arquitectónica, Tusquets Editores, México, 2010. ISBN 9-786074-211795

domingo, 26 de septiembre de 2010

Gustave Verniory. Diez años en Araucanía 1889-1899

"Gustave Verniory llega a la Frontera, o nuestro `trópico frío´ o nuestro pequeño Far West en una época crucial. Le toca enfrentarse con bandoleros, ve como los colonos aran a la luz de la luna, ve aparecer los primeros cardos y las primeras liebres de la región, intuye con claridad el espíritu democrático de Balmaceda e ingresa, en Lautaro, al ejército constitucional, halla que el mar chileno es el más hermoso del mundo, camina bajo techumbres interminables de bosques y vaticina que el descuido humano los hará desaparecer, le toca pescar cientos de peces en horas, vive dentro de una naturaleza paradisíaca, en suma, y el amor hacia ella lo hace convertirse en su cronista. Escribe con singular gracia y fluidez, su diario se lee como un libro de aventuras, y penetra en el espíritu de los hombres y de las cosas. Se ha transformado en un hombre del sur que desdeña la vida apacible de Europa o la burocrática de Santiago y conoce la región de una manera que asombra a sus amigos capitalinos que lo creen viviendo entre salvajes y desconocen la Frontera, mirándola como si fuera el centro de Africa o Australia.
Surgen de las páginas de Verniory la imagen humana y geográfica de los pueblos que recién nacen con una claridad y profundidad que enriquece nuestra literatura narrativa a la cual ingresa por derecho propio. Sólo poetas como Pablo Neruda, Juvencio Valle o Teófilo Cid en su Camino del Ñielol han encontrado la ruta para asomarse al brocal donde brotan las raíces del mundo que Verniory describe. Sí, Verniory, el pequeño ingeniero cuatro ojos o Don Hurtado como lo llamaban sus trabajadores ferroviarios, es uno de los nuestros y nos ha entregado un libro de valor testimonial impar e imprescindible".
                                                                                                                                   Jorge Teillier





Gustave Verniory. Diez años en Araucanía 1889-1899, Prólogo de Jorge Teiller, Biblioteca del Centenario, Pehuén Editores, Santiago, 2005.ISBN 9-789561-603325